REPTILIANA PACÍFICA

Un amigo me dice que de niño conoció a Thor Heyerdahl, el singular arqueólogo noruego, en la casa que el nórdico tuvo en Túcume, un área en el norte del Perú donde realizó excavaciones entre 1988 y 1992. Esos eran los años más feroces de la guerra de Sendero Luminoso contra el Estado peruano. La guerra había empezado en el centro del Perú y se expandía rápidamente hacia Lima. A Túcume no llegó el olor de la dinamita. Este era y es un pueblo diminuto más cercano a la frontera con el Ecuador que de la capital peruana. Este pueblo construido sobre ruinas invisibles se encuentra en un área de profusa riqueza arqueológica, de hecho no muy lejos de aquella casa que Heyerdahl construiría, dos arqueólogos peruanos encontraron en 1987 el entierro del hoy célebre Señor de Sipán. Un hallazgo prístino ya que se anticipó a la posible llegada de huaqueros del área que, no dudarlo, lo habrían saqueado en una sola noche.

Los objetos desenterrados por huaqueros suelen tener graves daños, no solo por la forma abrupta en que el desentierro tiene lugar sino también por el método de detección utilizado, su herramienta principal es la baqueta, una vara larga y flexible de metal con la que tientan entre la arena en búsqueda de alguna sensación material que delate el pasado. La baqueta se entierra una y otra y otra vez hasta que se detiene al impactar un objeto, cuando lo descubre ya lo ha atravesado. Más allá de evidentes consideraciones éticas lo penoso del huaqueo es que roba a los objetos de su contexto: esa constelación de restos enterrados tiene tanta información como el objeto en sí: el espacio entre los objetos es tan importante como los objetos, así como el espacio entre las personas es tan importante como cada individuo. Si uno observa una fotografía de dos personas posando abrazadas casi siempre descubrirá que entre ellas –en el espacio vacío entre las costillas del uno y del otro– hay un contorno hueco, un espacio intrigante por el que se divisa algo del paisaje en el fondo, quizás con la forma del pedazo ausente de alguna cerámica rota.

Huaqueros, cazadores de tesoros, y el saqueo cultural de los imperios cruzan la misma senda aunque con métodos distintos. En la región Andina la huaquería es prominente, en el Caribe abundan las expediciones marítimas para encontrar tesoros sumergidos, y en el British Museum en Londres se exhiben objetos –que van de grandes sarcófagos egipcios a vasijas Moche– cuya historia y trayectoria inevitablemente llevan a que uno se pregunte “¿y cómo llegó esta máscara africana de marfil a esta isla en el norte del mundo?”. No quiero hacer aquí un ataque indignado contra las injusticias innegables que han permitido esta acumulación indiscriminada de bienes culturales de la humanidad, más bien quisiera por un momento maravillarme de que estos fragmentos de la destrucción del mundo puedan ser admirados. Borges quizás propondría que el British Museum debería ser del tamaño del planeta entero. Esto sería posible en cuanto este patrimonio gigantesco puede sin duda ser exhibido en un museo del tamaño de la Tierra. El problema en realidad es más banal: no habría suficiente mármol para el piso de este museo global, y sin piso de mármol el British Museum perdería algo de esa autoridad física y arquitectónica que le permite reclamar para así todo lo que le habita. Al museo le pertenece incluso la mirada de los visitantes.

Mi amigo peruano recuerda de manera fragmentada aquel encuentro con Heyerdahl; al parecer el arqueólogo se habría quejado sobre los múltiples hurtos que habían ocurrido en su casa por lo que estaba pensando en abandonar Túcume (lo que de hecho hizo poco después devolviéndose al pueblo en Italia donde solía recluirse a escribir sus bestsellers). En Túcume a Heyerdahl se le desaparecían los objetos y, quizás sabiendo que encontrar objetos robados en el presente suele ser más difícil que encontrar objetos perdidos en el pasado, terminó por tomar el vuelo de regreso a Europa.

El noruego ya había estado en el Perú en 1947. En esa época construyó “Kon-Tiki”, una embarcación basada en técnicas de construcción y navegación precolombinas con la que atravesó el Oceáno Pacífico hasta alcanzar la Polinesia. Una aventura que le daría fama inmediata aunque no el reconocimiento académico que anhelaba. Su travesía estaba destinada a presentar pruebas de la viabilidad de viajes transoceánicos milenarios.

La hipótesis difusionista en la versión del noruego tiene un tono racial que le es central: en tiempos antiguos –mucho antes de Colón–, sabios de piel blanca, cabellos rojizos, y ojos azules habrían navegado a través de los océanos propagando sociedades “civilizadas”; en palabras de Heyerdahl estos eran “hombres sabios y pacíficos educadores que llegados del norte muchos siglos atrás, en el albor de los tiempos, habían enseñado a los primitivos antepasados de los incas la arquitectura y la agricultura, así como también modales y costumbres”. Por supuesto la hipótesis difusionista no empezó con Heyerdahl ni con su predecesor Elliott Smith; quizás se instaló en el imaginario ilustrado unos dos siglos antes, cuando el académico jesuita Joseph de Guignes concluyó, en base a documentos históricos que él mismo tradujo del chino al francés, que “embarcaciones chinas viajaron a América muchos siglos antes de Colón”; lo que habría sucedido en el siglo 5 de nuestra era. Los chinos habrían llamado Fusang a este continente lejano.

La hipótesis difusionista del jesuita había sido construida con atención, sin extrapolaciones, sin conclusiones aventureras. Los autores de esta posible travesía no eran navegantes blancos de ojos azules. Tanto de Guignes como su contemporáneo Voltaire, con quién mantenía una disputa académica sobre su tesis transoceánica, compartían una admiración profunda por China; eso sí, ambos coincidían en que la aparición de culturas y tecnologías similares se daba comúnmente de manera independiente, sin necesidad de “maestros ni sabios” que tengan que viajar entre continentes para dar lecciones de buenos modales. En la historia de la humanidad abundan las invenciones paralelas, independientes y simultáneas: el pararrayo fue inventado al mismo tiempo en dos continentes diferentes, algo parecido al caso del descubrimiento del oxígeno, la invención del teléfono, la catalogación de la tabla periódica de los elementos químicos, o el número cero (0) un concepto matemático inventado independientemente por diferentes culturas alrededor del mundo. Este es también el caso de la escritura y los fundamentos de la arquitectura.

La posibilidad de que marinos chinos hubiesen atravesado el Oceano Pacífico no era difícil de imaginar para de Guignes pues mucho antes de que Europa emerja como una potencia imperial, China ya era una civilización impresionante que había inventado la brújula, la pólvora, la imprenta y el papel: tecnologías que dieron nacimiento a eso que algunos llaman El Renacimiento (el de China, no el posterior de Europa). Por siglos la flota marítima china fue la más sofisticada y poderosa del mundo, por ejemplo cada uno de los 62 barcos de la expedición que en 1405 el legendario explorador Zheng He condujo hacia la India podían medir entre 60 y 100 metros de largo. La embarcación más grande de las tres que Colón disponía en su expedición de 1492, la Santa María, medía unos 18 metros de largo. Pero respecto a la hipótesis del jesuita, estudios posteriores comprobaron que la interpretación que de Guignes hizo de antiguas fuentes chinas había sido errada (la unidad de medición china –lo que el metro es para nosotros– el li variaba entre dinastías) y resulta que Fusang no es América (ni es la Atlántida ni una base submarina para ovnis ni un spa para nazis jubilados). Su visión difusionista tenía una fuente adicional, en 1588 otro jesuita, José de Acosta, ya había planteado la posibilidad de una migración de Asia a América por medio del Estrecho de Bering, una hipótesis que hasta nuestros días ha sido ampliamente aceptada como una de las vías migratorias (no la única) por las cuales se pobló el continente americano.

En la historia de las migraciones humanas alrededor del planeta abundan sombras y cronologías múltiples, es una historia que empieza mucho (muchísimo) antes que nuestra especie apareciese. Esta historia empieza en el amanecer de la evolución: hace unos 3.5 billones de años ciertas moléculas logran sintetizarse en organismos unicelulares; unos 600 millones de años atrás aparece el sexo: organismos multicelulares logran reproducirse; hace unos 315 millones de años aparecen los primeros reptiles; nosotros –primates conocidos como homo sapiens– todavía conservamos parte de ese pasado mutuo que compartimos con los reptiles, por ello la parte más antigua del cerebro humano es conocida como cerebro reptiliano; hace unos 120.000 años empieza la migración humana de África a Asia, al menos dos olas migratorias de nuestros antepasados fracasan hasta que finalmente una tercera migración logra sobrevivir y dar inicio a la historia humana en ese continente; poco antes de empezar esa travesía, unos 400.000 años atrás, nuestros antepasados lejanos habían aprendido cómo generar fuego: quizás el fuego nos hizo humanos.

Hoy las olas migratorias continúan entre tragedias, fracasos, y alguna feliz coincidencia.

La existencia de un guión implementado por una “antigua raza blanca y sabia” que una vez tecnificada habría navegado por diversos continentes llevando su “luz civilizatoria” es nada probable.

Si el trabajo de Heyerdahl titubea sobre una línea ambigua entre ciencia (era un investigador minucioso) y especulación (sus conclusiones son extrapolaciones narrativas fascinantes que requieren de “saltos de fe” del lector), muchos de sus partidarios siguieron sus hipótesis más dudosas adentrándose completamente en una cueva mística. Pero si las hipótesis difusionistas han tenido sus malos ficcionadores también han tenido dedicados científicos sujetos al análisis riguroso de la evidencia material. En el Ecuador uno de los más destacados fue Emilio Estrada Icaza. Siendo empresario y político su interés por la arqueología no le llegó por el lado académico. En sus ocasionales salidas de cacería había ido encontrando restos cerámicos que de a poco fueron capturando su imaginario.

Cuenta el arqueólogo ecuatoriano-danés Olaf Holm que la madera para Kon-Tiki –la embarcación de Heyerdahl– fue cortada en una hacienda cerca de Quevedo propiedad de la familia de Estrada Icaza y de allí la trasladaron al Perú. Estrada Icaza habría conocido a Heyerdahl, y poco después el ecuatoriano tuvo un encuentro decisivo al entrar en contacto con Betty Meggers y Clifford Evans, dos arqueólogos norteamericanos que habían estado una larga temporada excavando en los alrededores del Río Napo, en la Amazonía, y con quienes pasaría a colaborar en adelante. Los tres –Meggers, Evans, y Estrada– trabajaron juntos en una investigación datando y asignando fases a la cerámica de la cultura Valdivia, en la costa ecuatoriana, que dio paso a un estudio comparativo de las cerámicas de Valdivia y de Jomón, del Japón, planteando la siguiente hipótesis: las técnicas cerámicas en Sudamérica habrían tenido origen asiático. En 1961, el mismo año de su temprana muerte, Estrada Icaza hizo pública la hipótesis, y poco después la Smithsonian Institution publicó el libro de los tres autores titulado “Early Formative Period of Coastal Ecuador: The Valdivia and Machalilla Phases”.

Inicialmente la hipótesis Valdivia-Jomón fue recibida con entusiasmo por la academia aunque evidencias posteriores –que comprobaban fases de Valdivia anteriores a las que Estrada logró establecer en su corta vida– demostraron que la hipótesis Valdivia-Jomón no era posible. Hoy esa hipótesis forma parte de la historia de las ideas, que es en sí misma una forma de arqueología de los intentos humanos por comprender el mundo.

La distinción entre presencia material e idea –el dualismo casi universal (no es universal) entre materia y pensamiento– es un paradigma muy pesado con el que cargamos. Ni la teología ni la ciencia lo han superado, y si los algoritmos de la inteligencia artificial están hechos de ceros (0) y unos (1) estos nuevos seres van a padecer la misma tragedia ontológica de sus creadores: Siri vivirá la misma angustia existencial que cualquier niña experimenta al tener que elegir un sabor de helado entre las múltiples opciones disponibles.

En una visita que recientemente pude hacer al Museo Nacional de Tokio pude ver cerámicas de la cultura Jomón y por supuesto pensé en Emilio Estrada Icaza. Poco antes de viajar a Japón había conversado con dos de sus nietos en Guayaquil. Esa memoria del personaje prestada por sus nietos, y que ahora me acompañaba, tenía ojos y miraba fascinándose por los intricados ornamentos en el barro cocido de los jarrones Jomón; como si a través de esta ficción, una versión inconclusa del pasado hallase un atajo hacia el presente.

Al día siguiente tomé el tren a Yokohama y fui a la playa, era un día nublado, ligeramente frío, un perro me saludó en el camino. Me saqué los zapatos y caminé hacia el mar: Ahora eran mis ojos los que miraban en dirección a aquel continente lejano del que vengo, y mis pies los que se sumergían en esta orilla del Océano Pacífico.

 Fotografía probablemente del corte de la madera para Kon-Tiki, cerca de Quevedo, Ecuador. [imagen tomada de www.kon-tiki.no]

Fotografía probablemente del corte de la madera para Kon-Tiki, cerca de Quevedo, Ecuador. [imagen tomada de www.kon-tiki.no]